Espacio de Divulgación  
Desde Acá. Cimientos para una Salud Situada  
Revista del Instituto de Ciencias de la Salud | UNAJ | ISSN: 3008-7627 | Julio-Diciembre 2026 | No 6  
Cuando la oficina es la sala de espera.  
Entrevista a Karina Ramacciotti  
María Pozzio y Daniela Testa  
Karina Ramacciotti, investigadora principal del CONICET, es experta en historia social  
de la salud y la enfermedad y en la historia de las profesiones socio-sanitarias. Durante  
la entrevista con Desde Acá, nos contó cómo su temprano contacto con el sistema de  
salud a raíz de la enfermedad de su padre, modeló su vocación científica. En un clima  
de pos dictadura y al abrigo de una familia que supo reconocer en la educación superior  
la posibilidad de un futuro, no dudó en elegir el ámbito sanitario para sus primeras  
indagaciones. El devenir de la vida, las tareas de cuidado y la experiencia de una mater-  
nidad “atípica” se entrelazan en una trayectoria profesional tan sólida como novedosa y  
prolífica. Como buena historiadora, muestra su pericia y nos deja profundas reflexiones;  
transcurre el diálogo con la generosidad y el encanto de quien sabe cómo hacer para  
trascender su experiencia individual y dejar que en su voz resuenen ecos de procesos  
históricos muchos más amplios y complejos.  
Ramacciotti es Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Historia por la Universidad  
de Buenos Aires. Además de ser investigadora se desempeña como Profesora Titular de  
Historia Social en la Universidad Nacional de Quilmes. Dirige proyectos de máxima  
relevancia a nivel nacional enfocados en la salud pública y la enfermería, como el PI-  
SAC-COVID y el PICTO REDES. Posee una amplia trayectoria enseñando en posgra-  
dos en Argentina y en instituciones internacionales como NYU y Swarthmore College.  
Es autora de 15 libros publicados y de 72 artículos en revistas de impacto. Además, es  
madre de Facundo y Joaquín.  
Desde Acá: ¿Cómo fue tu proceso para convertirte en investigadora y qué motivos o inte-  
reses iniciales te acercaron al campo de la salud?  
K. M.: Mi interés por la historia se despertó a los quince años, gracias a las clases impar-  
tidas por la profesora María Cristina Galeppi en la Escuela Normal Próspero Ale-  
mandri de Avellaneda. Este establecimiento público vivía una profunda renovación  
docente tras la dictadura, lo que generaba una efervescencia estudiantil y debates en  
las aulas que moldearon mis inclinaciones y curiosidad hacia la historia.  
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Además del ambiente escolar, el clima cultural de la época resultó fundamental para  
mis motivaciones. El cine argentino jugó un papel central, especialmente películas  
como Darse Cuenta (1984), Camila (1984), La Historia Oficial (1985), Made in Ar-  
gentina (1987), que reflejaban problemáticas sociales y políticas que resonaban en  
mi entorno. En el ámbito literario, el llamado realismo mágico y, en particular, la  
novela Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez, estimulaban mi imagina-  
ción histórica y ampliaban mi visión sobre la historia latinoamericana. No puedo  
desvincular esas experiencias y lecturas de mi interés por la historia argentina y  
latinoamericana.  
A pesar de que en mi hogar no existía una tradición universitaria ni una biblioteca  
formada, mi madre y mi hermana, cinco años mayor, desempeñaron un papel fun-  
damental en la transmisión del valor de la educación. Sus insistencias en la impor-  
tancia de completar los estudios universitarios marcaron una diferencia respecto  
al modelo tradicional de mujer dedicada exclusivamente al cuidado del hogar. Este  
estímulo constante hacia el estudio y la lectura se reflejaba en acciones concretas:  
cada mes, elegíamos libros de un Club de lectores, cuya dinámica consistía en recibir  
un folleto con títulos sugeridos a través de un vendedor itinerante. Este sistema fue  
el punto de partida para la conformación de mi primera biblioteca personal, repre-  
sentando no solo el acceso a distintos materiales de lectura, sino también el inicio  
de una relación más activa y autónoma con el conocimiento. Además de la selección  
mensual de libros, recurría frecuentemente al préstamo de ejemplares tanto en la  
Biblioteca de la Escuela Normal como en la del Club Independiente de Avellaneda.  
Gracias a estas alternativas, pude ampliar mis posibilidades de lectura y formación,  
integrando diferentes perspectivas y temáticas a mi desarrollo intelectual. Así, la red  
de recursos bibliográficos disponibles, sumada al estímulo familiar, fue clave para  
fortalecer mi camino académico y abrir nuevas oportunidades de aprendizaje en  
tiempos de vida democrática.  
Durante mi adolescencia, viví en una familia de clase media en el conurbano sur,  
donde la estabilidad cotidiana se vio abruptamente alterada por los graves proble-  
mas cardíacos y renales de mi padre. Este episodio marcó un antes y un después en  
la dinámica familiar: la rutina cambió radicalmente, la economía se volvió frágil  
y mi madre debió asumir una carga mayor de responsabilidades de cuidado y de  
complejos trámites para poder acceder a un cardio desfibrilador en 1999 para mi  
padre. A lo largo de más de una década de infartos, internaciones, cirugías y exten-  
sas estadías en el Hospital Argerich, fui testigo del debilitamiento progresivo de mi  
padre y mayores responsabilidades de cuidado por parte de mi madre y un sistema  
de salud pública que iba dando respuestas. Esta experiencia se convirtió en un punto  
clave para afianzar mi interés en la historia del sistema sanitario argentino. Recuer-  
do especialmente la atención recibida en el hospital público, que era una referencia  
en cirugía cardiovascular en esa época. Los profesionales de la salud establecieron  
vínculos significativos tanto con mi padre como con el resto de la familia, generando  
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un ambiente de cuidado y acompañamiento. Sin embargo, el contexto de políticas  
neoliberales complicaba el acceso a la salud, sobre todo por las diferencias entre ju-  
risdicciones. A pesar de ello, mi padre pudo acceder a una atención adecuada y gra-  
tuita entre mediados de los años ochenta y el 2003, lo que me permitió observar de  
primera mano tanto las virtudes como las limitaciones del sistema público sanitario.  
Mis experiencias con el sistema de salud público y mi interés en la historia social de  
la salud están profundamente ligados. Las herramientas teóricas y metodológicas de  
la carrera de historia de la Universidad de Buenos Aires fueron fundamentales para  
analizar las tensiones entre la ciudadanía sanitaria y los derechos de salud. Sin lugar  
a dudas, mi tesis doctoral y libro, “Políticas sanitarias del peronismo”, surgieron de  
ese contexto personal y político.  
Desde Acá: Más allá de tu formación, el hecho de transitar el sistema de salud como ma-  
dre/familiar de una persona con discapacidad. ¿Cómo describirías esa experiencia y  
qué desafíos fundamentales te ha planteado en lo cotidiano?  
K. R.: A finales de los años noventa, mi experiencia de maternidad se vio marcada por  
la crianza de un hijo con condiciones neurodivergentes. Reformulando las ideas de  
Giovana Madalosso en su novela Suite Tokio, el hecho de tener un hijo fue una expe-  
riencia tan intensa que me llevó a sentirme como si hubiera recibido un golpe ful-  
minante, lanzándome a la esquina del ring, con estrellas girando alrededor de mi  
cabeza. Madalosso describe varios escenarios posibles para las madres: algunas se  
sumergen en el trabajo, otras se sienten perdidas sin saber qué hacer con sus vidas,  
muchas abandonan sus carreras para buscar nuevos caminos, y otras atraviesan cri-  
sis existenciales que pueden durar años. En mi caso, la maternidad abarcó un poco  
de todas estas posibilidades en distintos momentos. Sin embargo, agrego un esce-  
nario adicional: el de continuar trabajando, mientras acompañaba a mi hijo a sus  
terapias y esperaba en las sesiones o en las largas colas de los tediosos trámites bu-  
rocráticos. Mi oficina fueron las salas de espera y los bares cercanos de las terapias e  
instituciones. Conciliar el trabajo con la maternidad fue mi manera de transitar esta  
realidad, que, vista desde el presente, recuerdo como una etapa sumamente difícil,  
pero que volvería a recorrer de la misma manera.  
Mi hijo transitó por terapias complejas y diversas, no siempre eficaces. Recorridos  
educativos y terapéuticos que comenzaron con expectativas altas, pero se interrum-  
pieron por instituciones cerradas o incapaces de atender casos complejos que re-  
quieren cuidados continuos. La maternidad atípica conduce a atravesar diferentes  
obstáculos burocráticos y trabas institucionales que, para poder enfrentarlos, depen-  
den de la colaboración de diversas personas que aseguran el día a día ya que no se  
cuentan con un sistema de licencias laborales que contemple las necesidades de las  
familias con estas realidades diferentes.  
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Asumir la crianza de personas con discapacidad implica afrontar una serie de re-  
sponsabilidades que van mucho más allá del ámbito familiar. Quienes tienen a cargo  
a personas con discapacidad enfrentan la dificultad de compatibilizar el cuidado  
cotidiano con el desarrollo profesional, ya que este último no solo representa una  
fuente de realización personal, sino que también es indispensable para acceder a una  
obra social que cubra las diversas necesidades sanitarias. En mi caso, como adelan-  
té, compatibilizar la maternidad atípica, la docencia universitaria y cumplir con los  
requisitos como investigadora científica en CONICET no fue fácil. Lo que más se  
vio limitado son mis momentos de descanso y de vida social en post de alcanzar los  
requisitos de productividad en cada una de las etapas de la carrera. Además, sé que  
ciertas actividades propias del perfil de la investigación, como viajes o estancias in-  
ternacionales o tareas de gestión fuera del horario laboral, serán difíciles de asumir  
por la dependencia y los cuidados constantes que requiere mi hijo en sus 27 años.  
En algunos casos, la discapacidad trae asociadas otras dificultades que van surgien-  
do en el proceso de crecimiento, lo cual incrementa tratamientos, cuidados y depen-  
dencias que, al mismo tiempo, algunas familias deben combinar con las dependen-  
cias y envejecimiento de sí mismo. El avance de la edad tanto en las personas con  
discapacidad como entre quienes asumen el rol de cuidadores genera una suma de  
desafíos cotidianos. A medida que la discapacidad se cruza con el envejecimiento,  
es frecuente que surjan nuevas necesidades de atención, procedimientos médicos y  
cuidados especializados. Esto implica una carga adicional para el entorno familiar,  
que puede verse obligado a afrontar situaciones de dependencia extrema y tareas  
que requieren conocimientos técnicos, como la administración de medicaciones,  
cuidados de higiene o movilización de cuerpos rígidos. La convivencia de múltiples  
dependencias, tanto del cuidado como de quienes lo brindan, intensifica la compleji-  
dad de las gestiones y la necesidad de recursos profesionales y redes de apoyo. Así,  
el proceso de envejecimiento no solo afecta a la persona con discapacidad, sino que  
impacta de manera directa en la capacidad del entorno familiar para sostener y ga-  
rantizar el bienestar de todos sus miembros, haciendo indispensable la intervención  
de profesionales y el acceso a recursos adecuados para afrontar estas situaciones.  
Este proceso configura un entramado complejo de tareas que involucra tanto di-  
mensiones individuales como familiares. La multiplicidad de gestiones, cuidados y  
trámites resulta imposible de abordar en soledad. La experiencia demuestra que la  
crianza y el acompañamiento de personas con discapacidad requieren de una red de  
apoyo, de recursos colectivos y de una responsabilidad social compartida. La tarea  
no puede ser asumida de forma aislada, sino que demanda la participación y el com-  
promiso social para garantizar derechos y bienestar.  
La legislación vigente en materia de discapacidad, la ley N°24901, presenta una con-  
tradicción fundamental: aunque enunciativamente propone un sistema de presta-  
ciones básicas de atención integral con una mirada centrada en las necesidades de la  
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persona con discapacidad y su entorno familiar, en la práctica su aplicación se foca-  
liza predominantemente en el individuo. Esto genera una brecha entre los principios  
rectores de la normativa y la realidad cotidiana de quienes transitan el sistema. A  
esto se suman dificultades persistentes para hacer cumplir los derechos sanitarios,  
lo que evidencia desigualdades marcadas en el acceso a la salud. Tales injusticias  
no se perciben como situaciones abstractas, sino que tienen un impacto directo y  
profundo en la vida diaria. La experiencia cotidiana se convierte, así, en el escena-  
rio donde la teoría legal y los derechos consagrados deben enfrentarse a la práctica  
real, muchas veces insuficiente o limitada. En definitiva, la distancia entre el marco  
normativo y su operatividad concreta resalta la importancia de repensar las políticas  
públicas, asegurando que la perspectiva social no quede reducida a un ideal, sino que  
se traduzca efectivamente en prácticas y recursos accesibles.  
Desde Acá: En cuanto al vínculo entre vivencias personales e investigación, ¿de qué ma-  
nera la experiencia de la discapacidad enriquece tu mirada científica y cómo ha tran-  
sformado tu forma de comprender o interactuar con el sistema de salud desde tu rol  
de investigadora?  
K. M.: La experiencia adquirida al transitar los caminos para hacer cumplir los derechos  
sanitarios de mi hijo resultó fundamental para afrontar otras situaciones familiares  
relacionadas con la salud. Este aprendizaje previo me permitió activar y poner en  
práctica esos conocimientos ante las primeras señales de senilidad de mi madre.  
El recorrido realizado, marcado por la necesidad de gestionar trámites, enfrentar  
obstáculos burocráticos y buscar el acceso efectivo a tratamientos y cuidados, se  
convirtió en una base valiosa de conocimientos que pude recurrir. Así, mi vivencia  
personal se transformó en un recurso clave, facilitando la toma de decisiones y la  
defensa de los derechos de quienes requieren atención y acompañamiento en situa-  
ciones de vulnerabilidad.  
En el caso de mi madre, el recorrido por el sistema de salud estuvo marcado por pro-  
fundas dificultades. Su obra social (PAMI) tendía a desentenderse de sus responsabi-  
lidades sanitarias, apelando al argumento de que las problemáticas de salud mental  
eran asuntos individuales y familiares, por lo que debían resolverse de manera par-  
ticular. Esta perspectiva provocó que la dimensión colectiva se diluyera, relegando la  
esencia de las políticas sanitarias a discursos individualizantes que invisibilizaban la  
necesidad de respuestas integrales. Frente a este panorama, la judicialización emer-  
gió como el único recurso efectivo para exigir el cumplimiento de derechos y lograr  
la cobertura de tratamientos. No fue un proceso exento de ausencias ni de obstácu-  
los, pero permitió, aunque de manera forzada, que se garantizara un tratamiento  
basado en la necesidad de cuidados vitales. Estos cuidados requerían ser brindados  
de forma ininterrumpida y de manera profesional, las 24 horas del día, los 365 días  
del año, para sostener la vida y el bienestar de la persona involucrada.  
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La experiencia de afrontar situaciones de dependencia extrema dentro del entorno  
familiar evidencia la imposibilidad de brindar ciertos cuidados sin la intervención de  
profesionales especializados. Alimentar por sondas, evitar atragantamientos, cam-  
biar pañales minimizando riesgos de infección, movilizar cuerpos rígidos y admi-  
nistrar medicaciones son tareas, entre otras, que exceden la capacidad y preparación  
del entorno familiar. Estos cuidados requieren conocimientos técnicos específicos,  
así como acceso a recursos adecuados, lo que revela la necesidad de una red de apoyo  
que trascienda los límites del hogar. Sin lugar a duda, esta etapa de la vida familiar  
me llevó a profundizar mi interés por el rol de los cuidados profesionales, especial-  
mente en lo que respecta a las enfermeras y a las cuidadoras. Históricamente, ellas  
han asumido mayores responsabilidades en este tipo de trabajo, cargando con la  
tarea de garantizar el bienestar de quienes se encuentran en situación de vulnerabili-  
dad. La centralidad de las mujeres en la provisión de cuidados resalta la importancia  
de reconocer y valorar su aporte, así como de promover la equidad en la distribución  
de responsabilidades y el acceso a formación y recursos. Entonces, como pasó en  
otras oportunidades, el presente me llevó a revisar en la historia cómo se resolvieron  
en otras épocas los dilemas del cuidado y mis producciones sobre la Historia de la  
Enfermería en la Argentina tienen como fondo esas inquietudes.  
Desde Acá: Considerando que tu interés por la historia nació de un clima de efer-  
vescencia democrática y renovación, ¿cómo definís hoy, después de todo tu re-  
corrido, lo que significa ejercer una “ciudadanía sanitaria” plena en la Argen-  
tina actual?  
K. M.: En la actualidad, la situación de las personas con discapacidad, sus familias  
y el sistema de apoyos necesarios se encuentra atravesando una etapa especial-  
mente compleja. Los recortes presupuestarios afectan directamente la dispo-  
nibilidad de recursos, dificultando la aprobación de prestaciones y generando  
demoras de hasta medio año para pagar las terapias y demás apoyos. Esta  
situación impacta en la calidad de vida y el bienestar de quienes requieren  
los tratamientos. Además, los nomencladores establecidos para remunerar a  
los profesionales suelen fijar montos que no alcanzan a cubrir el tiempo y el  
esfuerzo efectivamente invertidos, lo cual provoca una mayor brecha de desi-  
gualdad en el acceso a servicios y cuidados especializados.  
Frente a este panorama adverso, las familias y los profesionales nos vemos  
obligados a recurrir a múltiples estrategias para reclamar derechos y exigir re-  
spuestas. Los reclamos administrativos, manifestaciones en el espacio público,  
incremento en la judicialización de casos, y una mayor exigencia tanto en los  
entornos familiares como entre los profesionales del sector aparecen como las  
principales formas de enfrentar una realidad marcada por obstáculos y limita-  
ciones. Este contexto demanda un esfuerzo adicional, tanto de quienes viven  
la discapacidad como de quienes acompañan y cuidan, para intentar garanti-  
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zar mínimamente los derechos y la dignidad de las personas involucradas. Si,  
a este cuadro le sumamos que en el sector de la educación y en la investigación  
se han producido recortes y ajustes y no hay políticas que contemplen ni licen-  
cias parentales, ni por casos de discapacidad en que las situaciones son bien  
variadas y salen de un modelo biomédico de licencia.  
En estos 27 años de experiencia ante situaciones de discapacidades del entor-  
no familiar mi mirada es por un lado esperanzadora dado que muchas de las  
situaciones vinculadas a la estigmatización y mayor comunicación pública de  
situaciones sociales complejas han cambiado. No obstante, considero que los  
recortes en las políticas públicas y en el sistema sanitario llevan a situaciones  
alarmantes y ponen en duda el cumplimiento de derechos sociales básicos,  
como el de la salud, que deben salir de la lógica de las fuerzas del mercado.  
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