Desde Acá. Cimientos para una Salud Situada
Revista del Instituto de Ciencias de la Salud | UNAJ | ISSN: 3008-7627 | Julio-Diciembre 2026 | No 6
La evidencia para Argentina acerca del efecto de la discapacidad de una hija o hijo sobre
la oferta laboral de las madres no admite una lectura unívoca y depende del tipo de dis-
capacidad, identificando tanto efectos positivos como negativos. Por un lado, es consis-
tente con una parte de la literatura internacional que identifica una asociación negativa
entre discapacidad infantil y oferta laboral materna cuando crecen los requerimientos
de tiempo de cuidado y persisten barreras institucionales 16, 17, 18, 19. En particular, la pro-
babilidad de participación laboral se reduce cuando el hijo o hija posee certificado de
discapacidad o percibe pensión por invalidez, con efectos más intensos entre madres de
menor nivel educativo15. Estos resultados no deben leerse como decisiones individuales
aisladas, sino como expresión de un arreglo social del cuidado que reordena trayecto-
rias laborales y refuerza vulnerabilidades preexistentes9, 34
.
Por otro lado, también identifica un efecto positivo sobre la participación laboral de las
madres de niños, niñas y adolescentes con dificultades en dominios distintos de ver,
oír o caminar15. En este sentido, es plausible que muchas de estas madres se incorporen
o permanezcan en el mercado laboral precisamente para afrontar los mayores costos
asociados a la discapacidad —terapias, tratamientos, traslados y adaptaciones—, sin que
ello suponga que cuentan con apoyos suficientes para sostener el cuidado cotidiano. En
otros términos, trabajar puede ser, en muchos casos, una estrategia para financiar el
cuidado antes que una señal de que la carga se ha aliviado11, 12
.
Cabe además una precisión sobre el alcance de esta evidencia. El estudio de Carella et
al.15 capta únicamente el margen extensivo de la oferta laboral —esto es, si la madre par-
ticipa o no en el mercado de trabajo—, dado que la MICS no releva la cantidad de horas
trabajadas. Parte de los ajustes que las madres realizan frente a las demandas de cuidado
podría estar ocurriendo por el margen intensivo, es decir, mediante la reducción de la
jornada, la informalidad o la búsqueda de horarios más flexibles, dimensiones que estos
datos no permiten observar. Reconocer este límite matiza la contraposición entre efec-
tos positivos y negativos: más que efectos opuestos y excluyentes, se trata de respuestas
heterogéneas —en participación y, presumiblemente, en intensidad horaria— ante una
misma sobrecarga de cuidado que sigue recayendo principalmente en las mujeres10 ,15
.
Aunque su número es reducido y su alcance exploratorio, los relatos de madres ofrecen
indicios —consistentes con la literatura sobre cuidados— que ayudan a iluminar los po-
sibles mecanismos detrás de esos hallazgos: trámites, turnos, terapias y episodios de en-
fermedad conforman un trabajo cotidiano que limita la disponibilidad para el empleo
y se asocia a desgaste físico y emocional, restricción de redes y “descuido de sí”10, 11. La
persistente feminización del cuidado se vincula tanto a normas culturales como a arre-
glos institucionales que siguen ubicando a las madres como cuidadoras “naturales”6, 7, 4
.
Así, incluso cuando existen apoyos, el cuidado suele continuar sosteniéndose bajo lógi-
cas de responsabilidad moral y centralidad materna, lo que dificulta su redistribución23.
El caso argentino expresa una paradoja: un marco robusto de derechos convive con
una arquitectura institucional fragmentada y apoyos insuficientes para redistribuir
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